foto cortesia de Pr. Emmanuel Katongole

Padre Emmanuel Katongole, fotografiado aqui en 2020, observando el Bethany Land Institute en Nandere, Uganda, donde sirve como co-fundador y presidente.

Durante el año pasado, la pandemia de COVID-19 paralizó las economías más fuertes de todo el mundo e hizo que los países se hundieran. Sin embargo, para muchos países, la esperanza está a la vuelta de la esquina, y los Gobiernos están vacunando a sus poblaciones a un ritmo histórico. Las fechas de apertura de las ciudades y de finalización de los mandatos de mascarilla se han adelantado rápidamente. Una vez que la mayoría esté vacunada, seguramente podremos volver a la normalidad y olvidar este último año.

Pero la historia de Cristo proclama: “¡Esperen! No hay que avanzar demasiado rápido. ¿Qué pasa con todas las vulnerabilidades que reveló la COVID-19? ¿Qué pasa con la desigualdad mostrada entre los que tienen y los que no tienen?” La política gubernamental normal y el partidismo no se toman el tiempo para detenerse y hacer preguntas de lamento. Sin embargo, a lo largo de los evangelios, a pesar de ofrecer la esperanza final, vemos a Jesús lamentarse. Jesús se lamenta por Jerusalén (Mateo 23, 37), por la muerte de Lázaro (Juan 11, 32-38), en Getsemaní (Mateo 26, 36-38) y desde la cruz (Mateo 27, 46). El lamento es una invitación a ver la realidad a través de los ojos de los más vulnerables, y a nombrar y admitir lo que está roto.

En este momento histórico, solo mediante la práctica del lamento podemos imaginar un futuro nuevo y mejor. Más que una práctica espiritual personal, el lamento tiene potentes implicaciones políticas en tres sentidos: nos conecta con los oprimidos, dice la verdad a los Gobiernos y trasciende las fronteras políticas partidistas.

            En primer lugar, el lamento nos lleva a la solidaridad con los oprimidos. A través de mi trabajo en África Oriental, aprendí esto de Maggy Barankitse en Burundi. Un día de 1993, la violencia étnica asoló la comunidad donde Maggy trabajaba como secretaria de la iglesia. Ese día, Maggy consiguió rescatar de la muerte a muchos niños. Más tarde, enterró a casi un centenar de personas masacradas. Albergó, alimentó y mantuvo con vida a los niños que rescató. Así nació la Maison Shalom (Casa de la Paz), una organización que Maggy fundó y que creó escuelas, atención sanitaria y programas de justicia para los niños y la comunidad. Pero estos programas no son lo primero que Maggy muestra a los numerosos visitantes de todo el mundo. En su lugar, los lleva a la tumba donde enterró a tantos en 1993. El trabajo de Maggy en favor de la esperanza nunca está desconectado de la historia de dolor y sufrimiento.

En segundo lugar, lejos de alejarnos del activismo, la práctica del lamento nos lleva a un compromiso político más profundo. En 2015, los disturbios políticos, la violencia y un intento de golpe de Estado desplazaron a cientos de miles de burundeses. Maggy, enraizada en los gritos de las víctimas, se pronunció contra el Gobierno. Como resultado de sus protestas y críticas, el Gobierno de Burundi exilió a Maggy, cerró su organización y atacó a sus hijos. A raíz de su lamento, el Gobierno consideró que el mensaje de Maggy era potente y peligroso. Mientras que la política del Gobierno ha llevado a la explotación de los pobres y al poder militar para asegurar su legitimidad, Maggy nos muestra una política de la verdad basada en el lamento.

En tercer lugar, el lamento trasciende las fronteras políticas. En los meses posteriores a los atentados del 11de septiembre del 2001 contra el World Trade Center y el Pentágono en Estados Unidos, un pequeño grupo de familiares de los fallecidos en los atentados se conectó tras leer las peticiones de unos y otros de que se dieran respuestas pacíficas a los ataques. Poco después, aún sumidos en el dolor, un grupo de ellos viajó a Afganistán para escuchar historias sobre el elevado número de víctimas civiles tras la acción militar de Estados Unidos. Allí reconocieron su experiencia común con todas las personas afectadas por la violencia. Esta visita de lamento, de estar junto a otros en el dolor compartido, llevó finalmente a la fundación de Peaceful Tomorrows (Mañanas pacíficos). Veinte años después, estas familias de las víctimas del 11 de septiembre siguen transformando el dolor en acciones por la paz, haciendo campaña para acabar con la guerra y sus trágicos legados en todas las etapas del compromiso político. Su práctica del lamento los llevó a trascender los ciclos de violencia y a cruzar las fronteras en nombre de la paz.

En última instancia, la práctica del lamento nos lleva a una profunda solidaridad con los que lloran, los oprimidos y los marginados. La defensa de Maggy, de Peaceful Tomorrows y de la Iglesia mundial no se limita a la compasión. Es decididamente política, ya que desafía la política mundial de la codicia y el poder egoísta. Lamentar no solo busca la reforma política, sino dar a la política un nuevo corazón y espíritu, desafiando el statu quo. Nos lleva profundamente a la visión de Dios de reconciliar todas las cosas.

Emmanuel Katongole es profesor de Teología y Estudios para la Paz en la Universidad de Notre Dame, en la facultad del Instituto Kroc de Estudios para la Paz Internacional. Sus libros incluyen Born from Lament: The Theology and Politics of Hope in Africa y The Sacrifice of Africa: A Political Theology for Africa. Katongole es codirector fundador del Centro Duke para la Reconciliación. Es sacerdote católico de la archidiócesis de Kampala, Uganda, donde fue ordenado en 1987.